Es imposible responder de una manera clara a la pregunta ¿el graffiti puede ser condiderado arte?. Lo primero que habría que definir es qué es arte y qué es graffiti y, a partir de ahí determinar si la segunda definición tiene cabida en la primera.
Voy ha hacer algunas consideraciones al respecto, puntualizando que en este escrito me refiero al graffiti en sus formas de expresión plástica más evolucionadas por ser estas las más susceptibles de ser consideradas “artísticas” sin pretender por ello afirmar que formas más sencillas, como los tags, no son graffiti.
Desde un punto de vista académico arte es aquello que los expertos consideran como tal y cuando digo expertos me estoy refiriendo a críticos, mecenas privados o públicos (museos), compradores, etc. En definitiva, el arte es definido por el aparato crítico y el mercado. Así el cuadro de un pintor anónimo que se expone para la venta en una tienda de muebles no es arte, ya que la crítica no lo considera como tal (aunque esté en el mercado) mientras que un orinal expuesto en un museo puede ser un objeto artístico si así lo consideran el artista que ha creado la instalación y los responsables de la institución, adquiriendo de inmediato un valor de mercado.
Desde esta perspectiva cualquier objeto es susceptible de llegar a ser considerado una obra de arte. El graffiti también. De hecho existen multitud de artistas del graffiti que han expuesto en museos y vendido sus piezas. Bien es cierto que cuando entran en esta dinámica pasan a ser considerados más pintores que escritores de graffiti.
El arte se inscribe totalmente dentro de los parámetros del orden social, es trasgresor casi en exclusiva con respecto a su propio lenguaje. El graffiti también posee un lenguaje propio que no tiene nada que ver con el lenguaje del arte pictórico y aunque pueda parecer paradójico ha sido muy conservador y celoso en su custodia. Sin embargo el graffiti actual está buscando nuevas y variadas formas de expresión, transformando su propio lenguaje, lo que es fabuloso porque significa que se reconoce, que lleva a término un proceso de crítico, que es capaz de desarrollarse y sobrevivir en nuevos modelos comunicativos. Considero que esto le confiere una madurez creativa que hasta ahora no poseía y sobre todo lo dota de una riqueza nueva.
Quiero insistir en el hecho de que resulta fácil confundirse y establecer falsas equivalencias entre el arte pictórico y el graffiti. Esto no dejaría de ser una torpeza ya que, aparte de la mancha de color sobre una superficie no existen muchas más similitudes entre ambas actividades: ni el contexto social, ni el impulso original, ni la técnica tienen parangon.
Lo que hace original y sorprendente al graffiti, lo que le da una dimensión única que no posee ninguna otra forma artística es ese carácter ¿voluntariamente? transgresor de la norma. La pintura no lo suele hacer y de atreverse siempre lo hace ordenadamente. Fuera de ese orden carece de valor económico y sin éste no merece ninguna consideración. Paradójicamente el valor económico diluye el graffiti hasta hacerlo desaparecer. La pintura siempre será un arte de salón, privado o público, pero entre cuatro paredes. El graffiti es necesariamente público, es un acto de exhibicionismo, una imposición de la voluntad individual, una gamberrada plasmada en un muro, aunque en ocasiones sea tolerada, pero lo es del mismo modo en que se permite que los coches aparquen en doble fila los días de partido.
Para terminar y volviendo al tema principal, desde un punto de vista académico difícilmente el graffiti puede ser considerado arte; tal vez con un buen calzador y desvirtuando elementos sustanciales del mismo. Pero si atendemos a una definición de arte más cercana e intuitiva, una definición subjetiva en la que primen elementos como la intencionalidad del escritor, la mirada del espectador, la capacidad expresiva de la obra atendiendo a sus valores técnicos, narrativos y/o abstractos, sin duda alguna el graffiti puede ser considerado arte. ¿Pero quién va a aceptar este criterio?
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